Texto del Evangelio de hoy (cfr. Marcos 1, 29-39)
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
– «Todo el mundo te busca».
Él les respondió:
– «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
Comentario espírita.
Este texto es continuación del que meditamos ayer y, de nuevo, aparece Jesús que, además de divulgar su doctrina y además de curar a los enfermos, expulsa a demonios y "espíritus inmundos". Haciendo uso del vocabulario espírita, diríamos que Jesús aplicaba terapias de desobsesión.
En el punto 466 del Libro de los Espíritus, pregunta Allan Kardec que por qué Dios permite que algunos Espíritus nos inciten al mal, a lo que se le responde algo muy interesante:
«Los Espíritus imperfectos son instrumentos destinados a probar la fe y constancia de los hombres en el bien. Tú, como Espíritu, debes progresar en la ciencia de lo infinito, y por esto pasas por las pruebas del mal para llegar al bien. Nuestra misión es la de ponerte en el buen camino, y cuando malas influencias obran en ti, es porque te las atraes con el deseo del mal, ya que los Espíritus inferiores vienen a cooperar al mal, cuando deseas hacerlo. Solo queriéndolo tú, pueden ayudarte en el mal...»
Este apego de espíritus imperfectos no es, sin embargo, inevitable. Por eso, el punto 467 pregunta: ¿Podemos librarnos de la influencia de los Espíritus que incitan al mal? A lo que se responde:
«Sí, porque no se adhieren más que a los que los solicitan por sus deseos o los atraen con sus pensamientos».
Ya vemos que, contrariamente a lo que se cuenta en películas o novelas sobre exorcismos, en este tipo de atracciones, somos nosotros, nuestros deseos desordenados o nuestros pensamientos descuidados, más protagonistas de lo que quisiéramos reconocer. Sin embargo, también nos da la pista para evitar esas situaciones: nuestra voluntad de reforma moral y la oración. De ahí que el punto 469 del Libro de los Espíritus diga: ¿Por qué medio puede neutralizarse la influencia de los Espíritus malos? A lo que nos responden:
«Haciendo el bien y poniendo toda vuestra confianza en Dios, rechazáis la influencia de los Espíritus inferiores y destruís el imperio que quieren tomar sobre vosotros. Guardaos de escuchar las sugestiones de los Espíritus que os suscitan malos pensamientos, que promueven discordias entre vosotros y que os excitan a todas las malas pasiones. Desconfiad sobre todo de los que exaltan vuestro orgullo, porque os atacan por el lado débil. Por eso Jesús os hace decir en la oración dominical: ¡Señor! no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal»
Personalmente, no soy partidario de achacar todo lo malo que nos sucede a "espíritus obsesores". Me parece una dejación de responsabilidad personal, e incluso una muestra de soberbia enorme quienes manifiestan que han hecho esto o aquello o, incluso, esto pasa así en este centro espírita por "los ataques de obsesores". Pienso que tenemos con la doctrina espírita las herramientas para resolver situaciones complicadas a nuestro alrededor, o en nosotros mismos, sin echar la culpa a los obsesores: ejercitar nuestra voluntad, tantas veces débil; dejar de pensar en nosotros mismos tanto y cuidar a las personas de nuestro alrededor; trabajar pensamientos nobles, rectos, constructivos, positivos y honestos; orar y buscar en la vida lo Bueno, lo Verdadero y lo Bello.

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