Evangelio del día (cfr. Mateo 8, 5-11)En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Jesús le contestó: «Voy yo a curarlo».
Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».
Comentario espírita.Hace unas semanas, en la mesa mediúmnica que cada semana solemos tener en nuestro centro espírita, un médium incorporó un espíritu al que, el asistente del médium, comentó que era una pena que Jesús no comentara nada acerca de la homosexualidad. El espíritu, a través del médium, manifestó que eso era un error y que Jesús había tenido realmente un encuentro con un hombre que, de manera habitual, vivía y viajaba con otro hombre y con el que tenía una relación estable homo-afectivo-sexual. Y el espíritu refirió el trozo del Evangelio que acabamos de leer.
Confrontando con la Historia y la Antropología, con la cultura en general, hay muchos académicos que, basándose en textos y otros hallazgos, han afirmado que en el ejército romano era habitual la homosexualidad. De hecho, era habitual que los centuriones y otros mandos, cuando salían en campaña, dejaran en Roma a sus esposas e hijos y fueran asistidos por otros hombres que, no sólo les prestaban servicios domésticos, sino también íntimos y con los cuales llegaban a mantener una verdadera relación de cariño, afecto y amor.
¿Era éste el caso del centurión del Evangelio? Realmente no lo sabemos ni podríamos deducirlo directamente del texto. Ahora bien, tenemos una pista muy importante: en el Derecho Romano, los esclavos tenían la calificación de "res" (cosa, objeto, en latín), es decir, para los romanos, un esclavo era lo mismo que tener una mula, un carro, o una túnica; eran objetos que se podían comprar, vender, cambiar o, cuando ya no servían, desecharlos. Así las cosas, ¿qué tipo de relación podría unir a un esclavo con el centurión para que éste, ante la enfermedad de aquél, no sólo se preocupara, sino que se "rebajara" a salir de su casa e ir a hablar con un desconocido y extranjero de un pueblo conquistado por Roma, del que además se decía que podía curar con la mirada o la imposición de manos? Desde luego, eso no se hace por cualquiera... lo que nos lleva a deducir que sí, efectivamente, una relación tierna de afecto mutuo, amor y una especial unión existía entre el centurión y su criado.
En cuanto a la categoría moral del centurión, Jesús no dice ni pío. Es más, dirá del centurión el piropo más encendido que podemos encontrar en el Evangelio: "ni en Israel he encontrado en nadie tanta fe como en el centurión". La propia Iglesia católica no ha podido permanecer insensible a este encuentro y, en su liturgia, ha incorporado las palabras del centurión que se repiten en cada misa justo antes del momento de la comunión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme". Confrontando estas reflexiones, pienso que el espíritu que se presentó en nuestra mesa mediúmnica nos trasladó una gran verdad.
Una de las características que siempre me ha llamado la atención en el Espiritismo y que, quizá por ello yo mismo estoy en un centro espírita, es que no se pregunta a nadie cómo es, de dónde viene, o qué piensa. Se acoge a todos por igual, se escucha, se atiende y, si se puede ayudar, se ayuda. El Libro de los Espíritus nos enseña que éstos, los espíritus, no tienen sexo y que, de hecho, en cada reencarnación venimos, unas veces como mujeres, y otras como hombres para, de este modo, aprender y experimentar las vicisitudes propias de cada sexo en cada momento histórico. En cuanto a la homosexualidad en sí, y dado que era un tema delicado en el siglo XIX, no se refiere nada, aunque grandes médiums del siglo siguiente, como Raúl Teixeira o Divaldo P. Franco, apuntan no sólo a la normalidad y dignidad de una persona homosexual y la injusticia de cualquier discriminación al respecto.
Con Raúl Teixeira nos podemos preguntar que por qué una persona es homosexual y, muchas veces, no podríamos responder esta pregunta desde el momento en que la Ley del Olvido no nos permite atisbar vidas anteriores. Sin embargo, a la vista de toda la Codificación de Allan Kardec, podríamos intuir una pluralidad de motivos: hay personas que son homosexuales porque, en vidas anteriores, fueron muy homófobas y cometieron tremendas injusticias. Es justo que en la vida actual, encarnen como homosexuales para comprender las dificultades que tal situación pueda conllevar y, de este modo, en el presente y en el futuro, poder comprender a otras personas que, sea por el motivo que sea, sean "distintas" a lo habitual. Puede ser, también, que haya de por medio algún tipo de misión que requiera que dichas personas -hombres o mujeres- en una reencarnación concreta no tengan una familia, llamémosla "convencional", sin hijos por tanto, porque deban tener una mayor disponibilidad de tiempo o afectiva para otros cometidos. Hay también quien apunta a que la homosexualidad puede ser una manera natural de controlar la natalidad de un planeta superpoblado sin rechazar, en paralelo, el afecto, amor o trabajo que toda persona puede y debe trasladar a sus semejantes. Y habría un largo etcétera de motivos que alargarían demasiado esta publicación.
Sea como fuere, la gran lección que nos da Jesús en la lectura del Evangelio que hoy comentamos, es mucho más amplia: nos muestra como el amor sincero puede unir a las personas, a los pueblos, a las culturas, a las clases sociales o a las distintas religiones y espiritualidades. Un centurión romano y un "gurú" de un pueblo dominado por Roma se encuentran, conversan, empatizan, se aprecian y, como resultado, no puede salir sino cosas buenas: la salud de un tercero, un ejemplo de fe en la Espiritualidad, una fraternidad bien entendida y una promesa: habrá un momento en que todos los pueblos -de oriente y occidente- estaremos unidos, en paz y trabajando juntos por las cosas que realmente importan.