Oración de inicio.
Nos invito a ponernos en la presencia del Padre del Cielo y reunidos en nombre del maestro Jesús, con la confianza que nos dan sus palabras "donde quiera que dos o más se reúnan en mi nombre, allí estaré yo entre ellos", solicitamos la ayuda de los buenos Espíritus de nuestro hogar para que nos asistan en esta lectura y reflexión del Evangelio. Les pedimos, hermanos, que nos inspiren alguna idea que nos ayude a ser mejores personas y poder con nuestra vida y con las enseñanzas espíritas ser luz del mundo físico y, en la medida de lo posible, luz también en los mundos espirituales para ayuda de aquellos otros espíritus necesitados, agobiados o perdidos. Que así sea.
Lectura
El Evangelio de hoy dice lo siguiente:
En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas y dijo:
«En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir». (cfr. Lc 21, 1-4).
Reflexión espírita.
Podemos iniciar nuestra reflexión con una breve introducción histórica para situar cómo y dónde tuvo lugar la escena que acabamos de leer. El evangelista San Lucas, en los escritos previos, nos ha narrado que Jesús y sus compañeros, entre los que se contaban sus discípulos más próximos, pero también un grupo de mujeres y, en general, seguidores todos, han acudido a Jerusalén y, allí, pasaban mucho tiempo en el Templo no sólo en oración sino también enseñando y evangelizando (cfr. Lc 20, 1) o corrigiendo cuando el uso de ese lugar espiritual ha degenerado en mercado (cfr. Lc 19, 45). Abro un paréntesis para recordar que todas las actividades de los centros espíritas serios, es decir, los inspirados en las enseñanzas de Allan Kardec, son gratuitas, así como la práctica de la mediumnidad lo cual, por cierto, nos lleva a recordar esa corrección de Jesús a los que obran de otra manera.
Pues bien, Jesús y sus amigos, durante su estancia en Jerusalén, como es lógico, pasaban mucho tiempo en el Templo, como los buenos judíos piadosos solían hacer durante las diversas peregrinaciones acostumbradas. Según tenemos noticias de los planes del Templo de Jerusalén, delante del gazofilacio, o lugar de las ofrendas, había unas escaleras que, al modo de las de, por ejemplo, la plaza de España, en Roma, permitían a los peregrinos sentarse, hablar, comentar las Escrituras o, simplemente, descansar.
Posiblemente allí estaban sentados Jesús y sus amigos cuando vieron a la pobre viuda dirigirse al gazofilacio a dejar su ofrenda. Sabemos también que en el gazofilacio había 13 "cepillos" en metal, y con forma de cuerno, para recoger los donativos. Algunos ricos dejaban mucho dinero y entonces sonaban las monedas al chocar contra el interior de esos cuernos metálicos lo cual provocaba las alabanzas de la gente y de los sacerdotes que anduvieran por allí. Pero esta viuda echó sólo unas monedillas que, es de prever, hicieron poco ruido. Posiblemente nadie se enteró, nadie se dio cuenta, sólo Jesús que, atentamente, lo vio todo y aprovechó para dejarnos una lección: tiene más valor lo poco que ha dado esta pobre viuda que los grandes donativos porque ella, que pasa necesidad, ha dado lo que tenía para vivir.
El capítulo XIII del Evangelio según el Espiritismo recoge una amplia reflexión de los Espíritus acerca de este pasaje, que se centra en la idea de que hacer el bien sin ostentación es un gran mérito y señal de superioridad moral ya que, si actuamos así, no buscamos el aplauso mundano, ni las alabanzas, ni nada que pueda inflar aún más nuestro ego. Buscamos el bien por el bien sin importarnos que los demás sean o no testigos de nuestras acciones.
Hoy día podemos plantearnos el sentido que tiene dar una cantidad más o menos grande de dinero, como limosnas o donativos, cuando vivimos en lo que se conoce como "Estado del Bienestar" en el que todo el mundo tiene acceso a los Servicios de Salud, alimento en los Comedores Sociales o, bajo ciertos requisitos, alojamiento en tantas instituciones benéficas. Este planteamiento surge con frecuencia en los debates que tenemos en el Centro Espírita cuando tocamos estos temas.
Quizá, en la sociedad y tiempos actuales, hay algo mucho más valioso que el dinero: y es el tiempo. No se trata tanto de cuánto dinero aporto a una institución u ONG sino cómo me implico, cuánto tiempo saco de mis asuntos, obligaciones o aficiones y estoy dispuesto a dedicarlo al estudio del espiritismo, a acudir a una conferencia, a limpiar el centro espírita o, sencillamente, a apoyar una u otra actividad.
Posiblemente, en esta interpretación, debería resonar en nuestros oídos las palabras del maestro Jesús: "este hombre, o aquella mujer, ha aportado más que todos porque los demás han dado el tiempo que les sobra mientras que éste o aquélla ha sacado tiempo, de donde no lo tenía, para sacar el centro espírita adelante.
Pidamos a los buenos Espíritus que nos enseñen a ser generosos con nuestro tiempo. Un centro espírita precisa de muchos trabajadores, pero no de asistentes pasivos que lleguen en plan "a ver que me cuentan hoy" o médiums y asistentes que acudan como si fueran a un club social, aburguesándose y no siendo conscientes del trabajo espiritual de ayuda y asistencia que, con la mediumnidad, se procura a encarnados y desencarnados.
Donar tiempo es leer y estudiar para procurarse el mejor conocimiento posible de la Doctrina Espírita. Donar tiempo es apoyar las actividades de la casa: apoyar al equipo de limpieza, bajar la bolsa de basura, rellenar de agua las jarras, recoger un papel del suelo o bien ordenar la biblioteca. Donar tiempo es preocuparse de un compañero o compañera que lleva tiempo sin acudir, llamarle, preguntar si todo va bien. Donar tiempo es asistir a la mesa mediúmnica aunque el cuerpo te diga que, para qué ir, si se está muy bien en casa, hoy hace frío, calor, llueve o nieva y, además, los Espíritus que se presenten, si son realmente Espíritus, nos van a decir lo de siempre. Donar tiempo es sonreír. Porque todos los que acudimos a un centro espírita hemos ido muy heridos. Y la sonrisa de quien nos reciba es auténtico bálsamo. Que los buenos Espíritus nos enseñen a donar tiempo, a sonreír, a ser amables, como el maestro Jesús nos muestra en sus enseñanzas.
Que así sea.


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