Lectura del Evangelio de hoy (cfr. Juan 1, 1‐18)
En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito
del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto
delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Comentario Espírita.
En el capítulo XXVIII del Evangelio según el Espiritismo, Allan Kardec expone un útil resumen sobre la cuestión del ángel de la guarda, mentores y espíritus protectores que, por su interés, paso a transcribir para su reflexión:
Todos tenemos un Espíritu bueno, vinculado a nosotros desde nuestro nacimiento, que nos ha tomado bajo su protección. Desempeña junto a nosotros la misión de un padre para con su hijo: la de conducirnos por el camino del bien y del progreso, a través de las pruebas de la vida. Es feliz cuando correspondemos a sus cuidados, y sufre cuando ve que nos rendimos.
Su nombre importa poco, porque puede ser que no tenga un nombre conocido en la Tierra. Lo invocamos, entonces, como nuestro ángel de la guarda, nuestro genio bueno. Podemos incluso invocarlo con el nombre de algún Espíritu superior que nos inspire una especial simpatía.
Además de nuestro ángel de la guarda, que en todos los casos es un Espíritu superior, tenemos Espíritus protectores que, aunque menos elevados, no son menos buenos y benévolos. Se trata de parientes o amigos o, en algunas ocasiones, personas que no hemos conocido en nuestra existencia actual. Nos asisten con sus consejos, y muchas veces intervienen en los acontecimientos de nuestra vida.
Los Espíritus simpáticos son aquellos que se vinculan a nosotros por una cierta semejanza de gustos y de inclinaciones. Pueden ser buenos o malos, según la naturaleza de las inclinaciones que los atraen hacia nosotros.
Los Espíritus seductores se esfuerzan en desviarnos del camino del bien, y nos sugieren malos pensamientos. Se aprovechan de nuestras debilidades, porque estas son como puertas abiertas que les permiten acceder a nuestra alma. Los hay que se aferran a nosotros como a una presa, pero se alejan cuando reconocen su impotencia en la lucha contra nuestra voluntad.
Dios nos ha asignado un guía principal y superior: nuestro ángel de la guarda; y guías secundarios: nuestros Espíritus protectores y familiares. No obstante, constituye un error suponer que tenemos forzosamente un genio malo a nuestro lado para contrarrestar las influencias buenas. Los Espíritus malos se presentan voluntariamente, cuando encuentran la forma de ejercer algún predominio sobre nosotros, sea por nuestra debilidad o por nuestra negligencia en la aceptación de las inspiraciones de los Espíritus buenos. Somos nosotros, pues, los que los atraemos.
De ahí resulta que nunca estamos privados de la asistencia de los Espíritus buenos, y que depende de nosotros que los malos se aparten. Como el hombre es, debido a sus imperfecciones, la primera causa de las miserias que sufre, la mayoría de las veces es él mismo su propio genio malo.

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