Texto del Evangelio de hoy (cfr. Mateo 7, 21. 24-27).
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Comentario espírita.
Es habitual en un centro espírita comenzar los trabajos con una breve oración. Normalmente huimos de fórmulas automáticas o impresas. Alguien, espontáneamente, toma la palabra y dice lo que tiene en el corazón dando gracias al Padre, abriendo los trabajos en nombre del maestro Jesús, solicitando la protección de los Espíritus mentores de la casa, nombrando a los enfermos o alguna intención... cosas así. Estas oraciones sinceras se hacen antes de una clase, de una mesa mediúmnica, al comenzar a dar pases energéticos o al finalizar la sesión.
La fundadora y presidenta de nuestra Asociación, María Jesús Albertus, a quien conoceréis por sus conferencias serias, sabias y cercanas, siempre nos insiste en que de nada sirven las oraciones ritualizadas, mecánicas, robóticas en que uno mueve los labios pero su corazón está lejos de lo que dice. Y nos repite que más vale una pequeña oración, una frase, unas pocas palabras, dichas desde el corazón, que largos discursos. ¿Y esto por qué? Pues sencillamente, por lo que también nos confía el Maestro en la lectura de hoy: no valen las palabras sino las obras o, en su expresión, "cumplir la voluntad del Padre". ¿Y cuál es la voluntad del Padre? Pues la tenemos en los distintos textos revelados, pero también en nuestra conciencia y, frecuentemente, nos la recuerdan los Espíritus en la Mesa Mediúmnica: ser hombres y mujeres de bien, cambiar nuestro rencor en perdón, tornar nuestro orgullo o soberbia en humildad, acoger, dar nuestro tiempo a favor de los demás. En una palabra, amar.
En el capítulo XVIII del Evangelio según el Espiritismo, Allan Kardec recopila algunas interpretaciones que los Espíritus le dieron en relación con el anterior pasaje del Evangelio, y cuya lectura aconsejo. Sin embargo, voy a resaltar algo que se nos dice en el punto 12 de tal capítulo pues afecta directamente a los que tratamos de estudiar y practicar el Espiritismo en general, y a los médiums en particular. Puesto que deberíamos conocer bien estos preceptos, si no los vivimos en nuestra vida, tendremos una doble responsabilidad. Quizá por eso el Espiritismo "bien entendido" no atrae tanto como esos patéticos programas de TV "del misterio", ya que el Espiritismo no se queda en el fenómeno sino que requiere un trabajo persona constante para una mejora moral. Sólo así seremos buenos médiums. Escuchad lo que dice el punto citado:
12. (…) Los médiums que obtienen buenas comunicaciones son aún más reprensibles si persisten en el mal, porque muchas veces redactan su propia condena y porque, si no los cegara el orgullo, reconocerían que los Espíritus se dirigen a ellos mismos. No obstante, en vez de tomar para sí las lecciones que escriben, o que otros escriben, su única preocupación es aplicarlas a las demás personas, con lo que confirman estas palabras de Jesús: “Veis una paja en el ojo de vuestro hermano, y no veis la viga que está en el vuestro”. (Véase el Capítulo X, § 9.)
Y un poquito más adelante, en el mismo punto, nos dicen:
A los espíritas, pues, se les pedirá mucho, porque han recibido mucho; como también se dará mucho a los que hayan asimilado las enseñanzas. El primer pensamiento del espírita sincero debe ser el de intentar saber si, en los consejos que dan los Espíritus, hay algo que le concierne. El espiritismo viene a multiplicar el número de los llamados. A través de la fe que infunde, también multiplicará el número de los escogidos.

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